miércoles, 11 de diciembre de 2013

La irrupción del peronismo en la historia



Por Marcelo Koenig

El nominalismo fue una escuela filosófica que planteaba el poder que concitaba la capacidad de ponerle nombre a las cosas. La historia argentina contemporánea parece darle la razón a esta corriente, por lo menos en lo que al peronismo respecta. Quién determina lo que el peronismo es, es quién traza los vínculos generales del poder en nuestro país. Así la batalla por su sentido es un combate cultural de primer orden, aunque intente reducírselo a una mera disputa intrapartidaria, como si sólo fuera un episodio de la interna intrascendente de un partido, expresada en afiches que sonríen.

La irrupción del peronismo en la historia fue un parteaguas en nuestra historia. El hecho fundante del 17 de octubre, la aparición de las masas en la Plaza Pública determinando el rumbo del proceso político, es una impronta indeleble del peronismo originario. Surgido de las entrañas de un Estado Nacional pensado como superestructura del modelo oligárquico agroexportador, el peronismo se macera desde la experiencia -trazada en los tiempos de disputa interimperialista y por lo tanto de distensión de las condiciones de la dominación- de los sectores más lúcidos de la propia estructura estatal (militares y civiles) desarrollada al calor de la sustitución de importaciones, el incipiente despliegue industrial, los nuevos actores políticos y sociales, y sobre todo de la decadencia  de un sistema partidocrático liberal basado en el fraude y con una crisis de representación galopante. Cuando el peronismo ocupó el centro del poder político estatal impregnó con su proyecto al país, realizando una transformación profunda que abarcó todas las aristas de la vida nacional, desde la cultural hasta la laboral, desde la económica hasta la política. La aparición del peronismo le dio una nueva textura al poder. Lo sacó del olimpo de la oligarquía, lo hizo plebeyo, alcanzable, distinto. Así dadas las cosas, la cuestión de qué hacer con el peronismo se convirtió en un problema de primer orden para propios y extraños: devino en el tema central del poder en Argentina.

El proceso aluvional del primer peronismo se llevó puestos los andamiajes de una cultura política anquilosada que no lo esperaba. Así su impulso transformó las hojas, a veces el tronco y hasta la savia del árbol del poder local, aunque muchas veces sus raíces no llegaron a penetrar la dureza de la tierra y la piedra estructurada en años de dominación semicolonial. Ese impulso aluvional, que transformó la vida concreta de los hombres y mujeres del pueblo, fue encontrando sus límites en sus claroscuros, en la clasificación de la propiedad de la renta extraordinaria de nuestro país que no alcanzó o no se animó a desarticular, aunque si a apropiársela a través de un mecanismo revolucionario como el IAPI. Pero, sobre todo, su freno constituyó una violenta resistencia de las minorías privilegiadas que convencidas de la imposibilidad de vencer al peronismo en la contienda electoral recurrió al expediente del golpe de Estado para voltearlo.

En la mala lectura que se hace por derecha e izquierda, se le extendió el certificado de defunción al peronismo por anticipado. El facismo, como lo indicaba la experiencia europea, no podía sobrevivir al control de aparato prebendario y represivo del Estado. Pero a poco de andar se dieron cuenta que el peronismo no era aquello que sus categorizaciones importadas decían, lo que pontificaban sus analistas, lo que vaticinaban sus gurúes. El peronismo era una realidad viva que, como el agua, iba encontrando sus cauces. Inútiles eran los diques que intentaban disciplinarla, encausarla mediante la cooptación o el pacto. El peronismo se había hecho resistencia por su capacidad de ser, como lo llamó John William Cooke, el hecho maldito del país burgués. Se trataba de aquello que ponía en una contradicción irresoluble a la dominación semicolonial. El pueblo, lo negro, lo perseguido, lo marginado, lo odiado, los intereses nacionales, se hicieron sinónimos de peronismo. De esa manera, el peronismo se hizo resistencia. Una resistencia a la que se podía vencer mediante las armas represivas pero jamás mediante las palabras. En el corazón del pueblo se hizo invencible, se hizo identidad propia, argentinidad al palo.

Los sectores más reaccionarios comprendieron esta profundidad del arraigo. Por eso plantearon la muerte como la solución final. El hecho indomesticable había que ahogarlo en un baño de sangre, y sobre él fundar la Argentina de sus ilusiones: liberal, ciudadana, masculina, blanca, occidental y cristiana. Los ensayos de prueba y error fueron las persecuciones, las proscripciones, los fusilamientos, los secuestros, las torturas. La función final fue la última dictadura genocida que, sobre la muerte de 30.000 compañeros, llegó para construir las nuevas condiciones de la dependencia, con miles de presos políticos y miles de exiliados, metiendo el miedo en los huesos de la sociedad, con la desindustrialización haciendo realidad la consigna del Almirante Rojas (“acabaremos con el peronismo cuando acabemos con las chimeneas”), con la financiarización de la economía, desmadrando la lógica misma del capital, con el incremento desmesurado y condicionador de la deuda externa. En síntesis hiriendo de muerte al proyecto mismos del peronismo originario.

Vencido el proyecto, el peronismo quedó como un espectro recorriendo los pliegues de una argentina que le era ajena. Pero aún así, no pudo ser borrado de la faz de nuestra cultura política. Los fantasmas de las disputas intestinas, el vaciamiento ideológico, la incapacidad de interpelar desde una estructura partidaria que se achicaba y ponía a personajes oscuros a su frente, hizo que el peronismo perdiera por primera vez en su historia en elecciones limpias. Fue en 1983. Los sectores del poder concretado habían aprendido la lección de la peligrosidad del peronismo. Entendieron que debían dar la lucha en su seno por desvirtuar su carácter irreverente y transformador. Así se fue produciendo la “alvearización” del peronismo: su transformación en un partido liberal más, perdiendo su carácter movimientista, plebeyo, negro, contestatario, para configurarse como un partido previsible, razonable, intrascendente...

Pero cuando el peronismo se lo desgajó de su ideología, de la representación de los intereses populares como estigma sangrante, sólo quedó constituido por su enorme vocación de poder -que siempre lo diferenció de cualquier otro tipo de propuesta de cambio-. El peronismo del poder echó sus raíces sobre la incapacidad  de los radicales para manejar los conflictos que siempre le son ajenos, en definitiva de su debilidad a la hora de gobernar.

El peronismo del poder, una estructura burocrática que crece pegada al Estado como enredadera alrededor de la pared, fue el vehículo necesario para la desnaturalización del peronismo que se hizo con Menem. Así un proyecto de sentido totalmente antagónico se pudo llevar a cabo usando en vano los iconos de Perón y Evita. Y una estructura partidaria, cada vez más cerrada sobre la lógica dirigencial de los referentes y los operadores, acompañó sin pestañar el viraje liberal del peronismo.

La aparición de Néstor Kirchner en la escena vino a poner en crisis al peronismo como partido de poder. Porque enarboló banderas olvidadas, porque se enanco en demandas populares, porque revitalizó causas que le eran propias en la historia, y otras que hasta ese momento habían sido ajenas. Porque volvió a interpelar a pueblo en la construcción de una sociedad más justa. Por eso florecieron mil flores de la militancia y muchos jóvenes, miles de jóvenes, recuperaron la política como herramienta de transformación.

Hoy el enemigo sabe que la disputa central es por clausurar esa experiencia de peronismo transformador. Se trata de una querella por ponerle sentido al partido del poder (para transformar o para destruir lo transformado). Es que, quien piense el peronismo piensa el ejercicio de la acción política real de la Argentina. Por eso, prepararon hábil y pacientemente una operación de pinzas entre un ex que sale a cruzar por afuera, y un siempre adentro enquistado y molesto con los cambios producidos. En su habilidad para plantear estrategias de largo plazo, los que piensan el peronismo o por lo menos  apropiarse de su fuerza de poder en función de sus intereses, operaron sobre las contradicciones internas. Aprovecharon el alejamiento de Massa para transformarlo en su paladín. Él no tiene los límites de Macri que en su gorilismo visceral no puede seducir al peronismo ni aunque se lo proponga. Massa estuvo adentro, tiene autoridad para la disputa aunque sea por afuera. No es la primera vez que el sentido del peronismo se disputa más allá de la interna partidaria. Acaso tampoco sea la última. Aprovecharon también la eterna paciencia de Scioli para no sacar los pies del plato, ni aún cuando los gorilopolios mediáticos le ofrecían el oro y el moro si besaba el anillo de Magnetto.

Lograr vencer el cerco es una disputa materia, de candidatos y fórmulas, de mecanismos de poder y elecciones, pero también es sobre todo una disputa cultural: lograr determinar el rumbo del peronismo. Es decir, no se trata de voluntarismos, ni de esperar providenciales decisiones correctas de los conductores, ni de darse entregados a la realización de profecías autocumplidas, sino de dar debates y combates profundos sobre la patria que soñamos y las herramientas que permiten alcanzarla.

Algunos creen que el peronismo es puro pasado con el que hay que medir el presente, como se mide con la vara de Gardel a todos los aspirantes a cantores de tango.

Así responde Cooke, a fines de 1967 “Pero el pasado es raíz y no programa; el pasado es el reconocimiento de los pueblos consigo mismos que se hace muy agudo en las épocas revolucionarias, pero no es la vuelta al pasado, es la proyección del pasado hacia el porvenir, porque el presente envuelve el pasado y encierra también el porvenir; cualquier política revolucionaria conjuga dialécticamente estas tres dimensiones del tiempo sin fijarse en ninguna de ellas, porque entonces caería en el utopismo o en el reaccionarismo y en la esterilidad histórica”. Otros en una mirada ingenuamente progresista plantean que el peronismo es solamente parte del pasado, el kirchnerismo surge para ellos como un peronismo de buenos modales, exento de las cargas y contradicciones propias del movimiento plebeyo. Para esta idea también hay una respuesta cookiana: “El peronismo será parte de cualquier revolución real: (…) el peronismo no desaparecerá por sustitución, sino mediante superación dialéctica, es decir, no negándoselo sino integrándolo a una nueva síntesis”.

Revista Oveja Negra - año V - Nro. 31 - 31 de octubre de 2013

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